Volteando el reloj de arena de nuestras vidas, simplemente para ver en cada grano que se precipita un tiempo y una sensación con atmósferas de arte y liturgia, ambientadas al compás de una Bella y Hermosa Canción de Rock... Poesía y música bailando al ritmo de la aguja de un tocadiscos que guardamos en el fondo de la memoria y el corazón...
viernes, 7 de octubre de 2011
El baile de los que sobran
Surgidos en la época de los 0chentas en Chile, Los prisioneros desarrollaron una interesante propuestal musical basada en dos elementos de origen hermanados: el rock y la protesta social; teniendo como telón de fondo la dictadura pinochetista disfrazada con la careta de la "nueva apertura social", sus canciones fueron himnos juveniles de su tiempo, a tal grado de que su influencia musical y temática persisten aún en las nuevas generaciones, lo cual les da con justicia el rango de ser la banda de rock más influyente e importante de Chile. "el baile de los que sobran" es de acuerdo con muchos críticos y especialistas, una de las mejores canciones de rock en iberoamérica. Para poder comprender en su justa dimensión la trascendencia de esta canción, baste señalar que es el claro ejemplo de que una canción por sencilla que sea, no es una simple canción pop, pues su contenido de pronto se convierte en historia personal -en este caso el trance excluyente y discriminatorio en que se convierte defender el derecho a la educación- de quienes la cantan y la sienten propia, además que permite que nuevas generaciones se reapropien de ellas, se sumen a esa historia que se amplia para ser ya no sólo la historia de uno, sino de un país entero.
Es otra noche más
de caminar,
es otro fin de mes
sin novedad.
Mis amigos se quedaron
igual que tú,
este año se les acabaron,
los juegos, los doce juegos.
Únanse al Baile
de los que Sobran,
nadie nos va a echar jamás,
nadie nos quiso ayudar de verdad.
Nos dijeron cuando chicos:
"Jueguen a estudiar;
los hombres son hermanos
y juntos deben trabajar".
Oías los consejos,
los ojos en el profesor,
había tanto sol
sobre las cabezas
y no fue tan verdad,
porque esos juegos al final
terminaron para otros con laureles y futuro
y dejaron a mis amigos pateando piedras.
Únete al Baile
de los que Sobran,
nadie nos va a echar jamás,
nadie nos quiso ayudar de verdad.
Hey,
conozco unos cuentos
sobre el futuro.
Hey,
el tiempo en que los aprendí
fue más seguro.
Bajo los zapatos
barro más cemento,
el futuro no es ninguno
de los prometidos en los doce juegos.
A otros le enseñaron
secretos que a ti no,
a otros dieron de verdad
esa cosa llamada Educación.
Ellos pedían esfuerzo,
ellos pedían dedicación.
¿Y para qué?
Para terminar bailando y pateando piedras.
Únete al Baile
de los que Sobran,
nadie nos va a echar jamás,
nadie nos quiso ayudar de verdad.
Album "Pateando Piedras", 1986
Mister Tambourine Man (Bob Dylan)
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
I’m not sleepy and there is no place I’m going to
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
In the jingle jangle morning I’ll come followin´you
Though I know that evenin’s empire has returned into sand
Vanished from my hand
Left me blindly here to stand but still not sleeping
My weariness amazes me, I’m branded on my feet
I have no one to meet
And the ancient empty street’s too dead for dreaming
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
I’m not sleepy and there is no place I’m going to
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
In the jingle jangle morning I’ll come followin’ you
Take me on a trip upon your magic swirlin’ ship
My senses have been stripped, my hands can’t feel to grip
My toes too numb to step
Wait only for my boot heels to be wanderin’
I’m ready to go anywhere, I’m ready for to fade
Into my own parade, cast your dancing spell my way
I promise to go under it
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
I’m not sleepy and there is no place I’m going to
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
In the jingle jangle morning I’ll come followin’ you
Though you might hear laughin’, spinnin’, swingin’ madly across the sun
It’s not aimed at anyone, it’s just escapin’ on the run
And but for the sky there are no fences facin’
And if you hear vague traces of skippin’ reels of rhyme
To your tambourine in time, it’s just a ragged clown behind
I wouldn’t pay it any mind
It’s just a shadow you’re seein’ that he’s chasing
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
I’m not sleepy and there is no place I’m going to
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
In the jingle jangle morning I’ll come followin’ you
Then take me disappearin’ through the smoke rings of my mind
Down the foggy ruins of time, far past the frozen leaves
The haunted, frightened trees, out to the windy beach
Far from the twisted reach of crazy sorrow
Yes, to dance beneath the diamond sky with one hand waving free
Silhouetted by the sea, circled by the circus sands
With all memory and fate driven deep beneath the waves
Let me forget about today until tomorrow
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
I’m not sleepy and there is no place I’m going to
Hey! Mr. Tambourine Man, play a song for me
In the jingle jangle morning I’ll come followin’ you
Album: Bringing it all back home, 1965
A manera de justificación...
Insolente de nacimiento, llevando por apellidos la rebeldía y el libertinaje, el rock se empeña, desde su aparición, en sostener cual si fuera la pista sonora de “El retrato de Dorian Grey”, una imagen que se niega a caducar: la de una música con visa hacia la eternidad, la perenne persistencia de hacer del sonido de la guitarra un llamado a la eterna juventud, en franca lucha contra las leyes propias de la naturaleza que todo lo hace más viejo.
Y, justo en lo anterior, es donde nace otro prodigio. Los personajes de la mitología del rock se hacen viejos, maduran con la piel marchitándose al compás de su música, algunos inclusive claudican y se acomodan en el mullido sofá del “stablishment”, pero sus leyes dictadas a través de las canciones que han escrito parecieran tener vida eterna, transitan en los oídos de nuevas generaciones que las disfrutan, las memorizan, las asumen como himnos propios, formas por demás absurdas, pero creativas, de explicar sus vidas robando para ello las voces y las letras de los rockstars.
Así pues, debo asumirlo tal y como es: El rock es escuela y lenguaje, es el discurso crudo de los peleadores callejeros, en una sola frase: el rock es el alfabeto de los hijos de la calle. Las canciones, independientemente de sus cualidades sonoras, estructurales y literarias, son pilares fundacionales de formas de vida, de estilos de ser, de maneras de pensar y de crear… Y en muchos, muchísimos casos, afortunadamente, las canciones de rock también son arte sin tanta pretensión que revelan visos de poesía luminosa. Y no, no hace falta que, por ejemplo, la academia sueca entregue algún día el Nobel de literatura a Dylan –lo cual no sería del todo descabellado- como tampoco ha sido necesario entregarle el mismo premio a muchísimos escritores –Borges, por ejemplo- para reconocer en ellos su insólita creatividad literaria para regocijo de muchos lectores. Y es aquí, en este arbitrario comparativo, que el rock pareciera adelantarse a los libros, porque debo reconocer que hoy por hoy la masividad de la música, la asombrosa disponibilidad de canciones al alcance de todos por distintos medios, hace que haya más escuchas de canciones que lectores de libros. Y es que esa amalgama de música y letra, sobre todo cuando es hecha con imaginación y talento, engendra canciones que desatan ideas, emociones y sentimientos en quienes las oyen. Por supuesto que si realizamos una mirada profunda en los abismos del rock, encontraremos cosas por demás curiosas: piezas en las que el maridaje perfecto entre letra y música hacen más que imposible pensarlas separadas; otras rolas, despojándolas del vestido sonoro-musical, adquieren brillantez propia e intensa ataviadas con la simpleza de una lírica plena de imágenes, metáforas e ideas que sólo la poesía puede dar. Finalmente, están las otras canciones, esas en las que el mensaje es banal y la letra, abandonada en el silencio, palidece y se enmuina ante la ausencia del requinto, del redoble de un tambor, del obsesivo tono reiterativo de un bajo eléctrico que se pierden en la callada soledad. A fin de cuentas, el rock mismo, perverso que es del todo, desnuda sus miserias, pero en ocasiones también deja al descubierto cuerpos estéticos de principio a fin, Obras Maestras que únicamente esperan la voz del juglar que las divulgue, el maravilloso ritmo y fraseo provocativo que solamente un cantante auténtico de rock les puede dar…
Concluyendo, el rock es capaz de engendrar poesía, lo mismo literaria que musical. Y si a eso le añadimos su innegable potencial comunicativo, estamos sin duda a uno de los fenómenos creativos populares más importantes en la historia de la civilización occidental. Una tarea pendiente que habrá que realizar será la de formalizar la comprensión plena y cabal de las letras en otros idiomas, para cerrar el círculo mágico de esta música y ratificar, de una vez por todas, que el rock es lenguaje popular que trasciende fronteras, que derriba silencios, que se manifiesta indómito en un mundo ávido de fuentes expresivas, que es en toda la extensión de la palabra poderosa voz que habla por mí y por ti, por todos los que somos y soñamos con la música en los oídos y la mano en el corazón de la palabra.
Y, justo en lo anterior, es donde nace otro prodigio. Los personajes de la mitología del rock se hacen viejos, maduran con la piel marchitándose al compás de su música, algunos inclusive claudican y se acomodan en el mullido sofá del “stablishment”, pero sus leyes dictadas a través de las canciones que han escrito parecieran tener vida eterna, transitan en los oídos de nuevas generaciones que las disfrutan, las memorizan, las asumen como himnos propios, formas por demás absurdas, pero creativas, de explicar sus vidas robando para ello las voces y las letras de los rockstars.
Así pues, debo asumirlo tal y como es: El rock es escuela y lenguaje, es el discurso crudo de los peleadores callejeros, en una sola frase: el rock es el alfabeto de los hijos de la calle. Las canciones, independientemente de sus cualidades sonoras, estructurales y literarias, son pilares fundacionales de formas de vida, de estilos de ser, de maneras de pensar y de crear… Y en muchos, muchísimos casos, afortunadamente, las canciones de rock también son arte sin tanta pretensión que revelan visos de poesía luminosa. Y no, no hace falta que, por ejemplo, la academia sueca entregue algún día el Nobel de literatura a Dylan –lo cual no sería del todo descabellado- como tampoco ha sido necesario entregarle el mismo premio a muchísimos escritores –Borges, por ejemplo- para reconocer en ellos su insólita creatividad literaria para regocijo de muchos lectores. Y es aquí, en este arbitrario comparativo, que el rock pareciera adelantarse a los libros, porque debo reconocer que hoy por hoy la masividad de la música, la asombrosa disponibilidad de canciones al alcance de todos por distintos medios, hace que haya más escuchas de canciones que lectores de libros. Y es que esa amalgama de música y letra, sobre todo cuando es hecha con imaginación y talento, engendra canciones que desatan ideas, emociones y sentimientos en quienes las oyen. Por supuesto que si realizamos una mirada profunda en los abismos del rock, encontraremos cosas por demás curiosas: piezas en las que el maridaje perfecto entre letra y música hacen más que imposible pensarlas separadas; otras rolas, despojándolas del vestido sonoro-musical, adquieren brillantez propia e intensa ataviadas con la simpleza de una lírica plena de imágenes, metáforas e ideas que sólo la poesía puede dar. Finalmente, están las otras canciones, esas en las que el mensaje es banal y la letra, abandonada en el silencio, palidece y se enmuina ante la ausencia del requinto, del redoble de un tambor, del obsesivo tono reiterativo de un bajo eléctrico que se pierden en la callada soledad. A fin de cuentas, el rock mismo, perverso que es del todo, desnuda sus miserias, pero en ocasiones también deja al descubierto cuerpos estéticos de principio a fin, Obras Maestras que únicamente esperan la voz del juglar que las divulgue, el maravilloso ritmo y fraseo provocativo que solamente un cantante auténtico de rock les puede dar…
Concluyendo, el rock es capaz de engendrar poesía, lo mismo literaria que musical. Y si a eso le añadimos su innegable potencial comunicativo, estamos sin duda a uno de los fenómenos creativos populares más importantes en la historia de la civilización occidental. Una tarea pendiente que habrá que realizar será la de formalizar la comprensión plena y cabal de las letras en otros idiomas, para cerrar el círculo mágico de esta música y ratificar, de una vez por todas, que el rock es lenguaje popular que trasciende fronteras, que derriba silencios, que se manifiesta indómito en un mundo ávido de fuentes expresivas, que es en toda la extensión de la palabra poderosa voz que habla por mí y por ti, por todos los que somos y soñamos con la música en los oídos y la mano en el corazón de la palabra.
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