viernes, 7 de octubre de 2011

A manera de justificación...

Insolente de nacimiento, llevando por apellidos la rebeldía y el libertinaje, el rock se empeña, desde su aparición, en sostener cual si fuera la pista sonora de “El retrato de Dorian Grey”, una imagen que se niega a caducar: la de una música con visa hacia la eternidad, la perenne persistencia de hacer del sonido de la guitarra un llamado a la eterna juventud, en franca lucha contra las leyes propias de la naturaleza que todo lo hace más viejo.

Y, justo en lo anterior, es donde nace otro prodigio. Los personajes de la mitología del rock se hacen viejos, maduran con la piel marchitándose al compás de su música, algunos inclusive claudican y se acomodan en el mullido sofá del “stablishment”, pero sus leyes dictadas a través de las canciones que han escrito parecieran tener vida eterna, transitan en los oídos de nuevas generaciones que las disfrutan, las memorizan, las asumen como himnos propios, formas por demás absurdas, pero creativas, de explicar sus vidas robando para ello las voces y las letras de los rockstars.

Así pues, debo asumirlo tal y como es: El rock es escuela y lenguaje, es el discurso crudo de los peleadores callejeros, en una sola frase: el rock es el alfabeto de los hijos de la calle. Las canciones, independientemente de sus cualidades sonoras, estructurales y literarias, son pilares fundacionales de formas de vida, de estilos de ser, de maneras de pensar y de crear… Y en muchos, muchísimos casos, afortunadamente, las canciones de rock también son arte sin tanta pretensión que revelan visos de poesía luminosa. Y no, no hace falta que, por ejemplo, la academia sueca entregue algún día el Nobel de literatura a Dylan –lo cual no sería del todo descabellado- como tampoco ha sido necesario entregarle el mismo premio a muchísimos escritores –Borges, por ejemplo- para reconocer en ellos su insólita creatividad literaria para regocijo de muchos lectores. Y es aquí, en este arbitrario comparativo, que el rock pareciera adelantarse a los libros, porque debo reconocer que hoy por hoy la masividad de la música, la asombrosa disponibilidad de canciones al alcance de todos por distintos medios, hace que haya más escuchas de canciones que lectores de libros. Y es que esa amalgama de música y letra, sobre todo cuando es hecha con imaginación y talento, engendra canciones que desatan ideas, emociones y sentimientos en quienes las oyen. Por supuesto que si realizamos una mirada profunda en los abismos del rock, encontraremos cosas por demás curiosas: piezas en las que el maridaje perfecto entre letra y música hacen más que imposible pensarlas separadas; otras rolas, despojándolas del vestido sonoro-musical, adquieren brillantez propia e intensa ataviadas con la simpleza de una lírica plena de imágenes, metáforas e ideas que sólo la poesía puede dar. Finalmente, están las otras canciones, esas en las que el mensaje es banal y la letra, abandonada en el silencio, palidece y se enmuina ante la ausencia del requinto, del redoble de un tambor, del obsesivo tono reiterativo de un bajo eléctrico que se pierden en la callada soledad. A fin de cuentas, el rock mismo, perverso que es del todo, desnuda sus miserias, pero en ocasiones también deja al descubierto cuerpos estéticos de principio a fin, Obras Maestras que únicamente esperan la voz del juglar que las divulgue, el maravilloso ritmo y fraseo provocativo que solamente un cantante auténtico de rock les puede dar…

Concluyendo, el rock es capaz de engendrar poesía, lo mismo literaria que musical. Y si a eso le añadimos su innegable potencial comunicativo, estamos sin duda a uno de los fenómenos creativos populares más importantes en la historia de la civilización occidental. Una tarea pendiente que habrá que realizar será la de formalizar la comprensión plena y cabal de las letras en otros idiomas, para cerrar el círculo mágico de esta música y ratificar, de una vez por todas, que el rock es lenguaje popular que trasciende fronteras, que derriba silencios, que se manifiesta indómito en un mundo ávido de fuentes expresivas, que es en toda la extensión de la palabra poderosa voz que habla por mí y por ti, por todos los que somos y soñamos con la música en los oídos y la mano en el corazón de la palabra.

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